pesar de nosotros es una novela por entregas.
No olvides leer la Entrega 06
Vamos a casa, tengo en el refrigerador una ensalada de manzana con arándanos y nuez pecanas para postre después de la cena. Pero, mientras volvemos, déjame decirte algo: amo escucharte hablar de tu infancia. Me sorprende tanto que, después de tantas décadas juntos, todavía haya cosas que no nos hemos contado. Mi padre solía decir que nunca terminamos de conocer del todo a la persona con la que compartimos la vida, y creo que tenía razón. Yo pensaba que exageraba. Hoy entiendo que no. A veces no se trata de secretos ni de cosas que queramos ocultar. Simplemente hay recuerdos que el tiempo va guardando en algún rincón de la memoria y creemos que ya no vale la pena contar.
Ahora entiendo un poco más a tu madre. No debió de haber sido sencillo criar sola a tres niños en pleno desarrollo. Y, ¿sabes?, me alegra descubrir cuánto te amaba. Nunca la había imaginado así. Desde que la conocí siempre la vi como una mujer de carácter fuerte, seria, malhumorada con casi todo el mundo, incluso con sus propios nietos. Pero reconozco que nunca me acerqué lo suficiente para conocerla de verdad. Su forma de ser me hacía mantener cierta distancia y, ahora que lo pienso, lamento no haber sido más intencional en romper esa barrera.
Quizá todos somos mucho más de lo que los demás alcanzan a ver. Estamos tan acostumbrados a mirar que pocas veces nos detenemos a observar de verdad.
Yo te observo...
Lo sé. Pero, seamos honestos, no siempre fue así. Mejor no volvamos otra vez a ese tema, porque voy a terminar confirmando que, como buena mujer, soy histórica.
¡Eso ni dudarlo!
¡Ja, ja, ja!
Ay... hacía mucho tiempo que no me reía de mí misma. Y hacía todavía más que un comentario tuyo dejaba de molestarme. Mira nada más cómo hemos cambiado. Uno pensaría que, después de tantos años, la madurez llega sola. Pero no. La edad solo suma años; la madurez, esa hay que aprenderla. Y muchas veces ya sabemos que llega a través del dolor y del sufrimiento. Muchas veces, madurar duele ¿no crees?
Sí. Sin duda Dios usó muchas de esas heridas para, como hemos dicho en otras ocasiones, formar nuestro carácter y hacernos crecer en sabiduría. Y creo que también hace falta humildad, porque, de lo contrario, el dolor podría endurecernos y amargarnos, en lugar de hacernos madurar.
Míranos ahora. Podemos hablar sin interrumpirnos, sin sarcasmos, sin...
Sin interrumpirnos...
¡Ja, ja, ja! En eso todavía nos hace falta crecer.
Pero qué buenos tiempos hemos vivido. A pesar de los desiertos; de las épocas de vacas gordas y de vacas flacas; a pesar del mundo que nos tocó vivir y, muchas veces, a pesar de nosotros mismos. Dios ha sido muy bueno, amor mío. Cuánto agradezco que me haya permitido pasar mis últimos años a tu lado, disfrutar de ti y aprender a disfrutarnos el uno al otro. Y también ver crecer a nuestros hijos y ahora a nuestros nietos. No podría pedir más. He vivido una buena vida, mujer. Y gran parte de esa buena vida ha sido por causa tuya. Gracias.
Pero, Mauricio, hablas como si te estuvieras despidiendo.
No, para nada. Solo quiero que sepas cuánto disfruto la vida. Son seis décadas en las que puedo decir que la gracia de Dios nos ha acompañado. Eso es lo que ha hecho plena nuestra vida.
Estoy de acuerdo contigo. Yo también puedo decir que hemos tenido una buena vida, gracias a Dios. Al final, ese dicho de que después de la tormenta viene la calma tiene algo de cierto. Dios, en su gracia, nos permite atravesar tantos momentos que, de una u otra forma, terminan acercándonos más a Él. Y es entonces cuando descubrimos que nunca dejó de estar presente, que fue puliendo nuestro carácter y moldeando nuestra vida. Aun con todos los altos y bajos, aun con todo lo que jamás habríamos querido vivir, al final puedo decir que Él ha sido bueno con nosotros. Nos ha dado una buena vida, aunque muchas veces no se pareciera a la vida que habíamos imaginado.
Bueno, basta de tanta filosofía y remembranzas. Si no nos apuramos, la ensalada nos hará pasar la noche con antiácidos… y quizá sin dormir.
¡Nooo! ¿De verdad? ¿Todavía le pones demasiada crema?
No. Ya aprendí que luego me regañas o no me dejas repetir porción.
No te regaño... solo cuido tu colesterol. Hace años que, gracias a Dios, lo tienes en un nivel óptimo y has sido muy disciplinada con tu alimentación. Eso te ha ayudado mucho. Pero no olvides que, aunque de vez en cuando puedas darte un gusto con algún alimento que los médicos te pidieron evitar, tampoco debemos abusar.
Y digo debemos porque en esto no estás sola. Yo también hice esa promesa. Prometí amarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad... y pienso seguir cumpliéndola hasta el último de mis días.
Lo has hecho muy bien… Pero ya, anda, entra. Tú pon la mesa mientras yo sirvo la cena. Ya no somos aquellos jovenzuelos que podían desvelarse sin pagar las consecuencias al día siguiente.
¿Ves? Después de sesenta años sigues dándome órdenes.
Y después de sesenta años sigues haciéndome caso. Consintiéndome, para que no se escuche tan feo.
¡Claro que te hago caso! Descubrí hace décadas que, si no lo hago, me sale mucho más caro discutir contigo.
¡Ja, ja, ja! Sabiduría práctica. Madurez matrimonial. ¡Ay, cómo me has hecho reír esta noche! Quisiera que nuestros hijos estuvieran aquí y se unieran a la conversación.
No, mujer. Esta noche es nuestra noche. No los vayas a llamar con el pensamiento y nos lleguen de sorpresa. Diría tu papá: «¡No los invoques!». ¡Ja, ja, ja!
¡No recordaba esa frase de mi padre! ¡Ja, ja, ja! Cenemos, anda. La noche, como el tiempo, no se detiene.
Gracias por esta noche… por esta tarde y por todo lo que hemos hablado. He disfrutado cada minuto.
Yo también… Oye… ¿quieres saber la verdad de lo que pensé la primera vez que te vi?
Quizá todos somos mucho más de lo que los demás alcanzan a ver. Estamos tan acostumbrados a mirar que pocas veces nos detenemos a observar de verdad.
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