A pesar de nosotros es una novela por entregas.
No olvides leer la Entrega 05
No quiero abrumarte con mis recuerdos de niño. Es solo que hacía tanto tiempo que permanecían olvidados en algún rincón de mi memoria. Quizá porque, durante muchos años, mi infancia pasó desapercibida para los adultos que me rodeaban.
Algunas veces jugaba solo e inventaba compañeros de guerra. Tenía un cuartel secreto justo debajo del cubo de la escalera, donde debía haber estado un baño para visitas, pero que, por los pocos ingresos de mi madre, había quedado inconcluso y terminó convertido en una bodega llena de cajas y utensilios de limpieza. No necesitábamos ese baño. Nadie nos visitaba. Ni siquiera los abuelos o mis tíos. Estábamos completamente solos en ese hogar. Nuestro hogar.
Las veces que jugaba con mis hermanos, a mí me tocaba ser el superhéroe. Siempre elegía ser el hombre invisible. Ellos fingían que no podían verme, pero, en realidad, así era como yo me sentía: invisible para el mundo entero.
Y, mira, no te cuento esto para que sientas compasión por mí, ni porque todavía guarde resentimiento o algún dolor en el corazón. La verdad es que, después de tantos años, miro a ese Mauricio enclenque y me siento orgulloso del niño que fue. Tuve una infancia difícil, pero hoy creo que me preparó para convertirme en el adulto que necesitaba ser, aunque me tomó muchos años comprenderlo.
Sentirme invisible me trajo problemas de inseguridad durante la adolescencia. Mientras estuve en la primaria, todo había sido relativamente sencillo para mí. Pero cuando entré a la secundaria tenía trece años y mi cuerpo comenzó a cambiar. Crecí mucho en muy poco tiempo. Estaba extremadamente delgado y la cara se me llenó de granos. Mi cabello no había manera de acomodarlo, así que empecé a usar gorra.
Nunca me había sentido tan inseguro como aquel lunes en que nos hicieron pasar al patio central a todos los hombres más altos de cada salón para formar equipos y pintar las canchas de basquetbol. Mientras caminábamos hacia el centro del patio, los demás alumnos, que seguían formados detrás de nosotros, comenzaron a chiflarnos y a gritar cosas obscenas.
Las muchachas gritaban:
—¡Papacito!
—¡Sé mi novio!
—¡Contigo sí me caso!
No iban dirigidas a nadie en particular. Eran gritos lanzados al aire, como parte del alboroto. Estoy seguro de que ninguno era para mí. Pero yo sentía que todos me estaban mirando. Mis compañeros, algunos mayores que yo, sonreían, lanzaban besos, saludaban con la mano y se reían a carcajadas.
Yo solo quería ser invisible de verdad, y no únicamente sentirme así.
Te soy honesto… tenía miedo. Estaba aterrado de estar en ese lugar. Me sentía tan pequeño a pesar de ser muy alto. Me sentía inseguro, desprotegido. Y es que, en realidad, así estaba.
Como suele pasar, siempre hay alguien que se aprovecha de los más débiles. Con el paso del tiempo, muchos de mis compañeros comenzaron a ser agresivos conmigo. Se burlaban de mí, me quitaban lo poco que llevaba de almuerzo, se reían de mis zapatos y siempre terminaba haciendo la mayor parte de los trabajos en equipo.
Las niñas también podían ser muy crueles. Muchas veces se reían de mí en mi propia cara. Me decían cosas que prefiero no repetir, pero que de verdad lastimaban mi hombría. Me hicieron sentir, muchas veces, que valía poco. Que era poco hombre.
Nunca respondí.
Fue por esos años cuando aprendí a dibujar con lápiz. Era la única forma que encontraba para expresar lo que llevaba dentro. Por eso muchos de esos dibujos que aún conservo y que tú has visto están llenos de violencia, batallas y guerras. Eso era lo que sentía por dentro. Pero también están aquellos dibujos llenos de familias, de alegría y de amor. Creo que esos los hacía porque era la vida que anhelaba tener. Nunca le conté a nadie lo que me pasaba en la escuela. Y, para ser sincero, tampoco nadie me lo preguntó.
Mi madre había conseguido un ingreso extra vendiendo por catálogo, y eso le permitió dejar el segundo empleo que tenía por las tardes. Aunque pasaba más tiempo en casa, no siempre estaba realmente con nosotros. Además, gran parte de su atención se la llevaban mis hermanos. En aquel entonces yo pensaba que era porque no me quería lo suficiente. Hoy entiendo que no era así. La verdad es que yo no le daba problemas, de cierta forma era invisible para ella.
No sé cómo funciona la mente de un ser humano que se siente desprotegido, invisible y poco amado. En lugar de buscar ayuda o intentar entender lo que le está pasando, termina buscando reconocimiento de las maneras más equivocadas. Eso fue exactamente lo que me ocurrió.
En el último año de secundaria ya no soporté una sola burla más. Estaba cansado. Harto. De verdad había llegado al límite. Una mañana, durante la clase de Educación Física, estábamos jugando voleibol. Llevaba puestos unos shorts mucho más cortos de lo normal cuando un compañero, Ulises Rojas Santoyo, se burló de mis piernas. Dijo que estaban tan delgadas que era un milagro que no se me hubieran roto.
Otras veces había dejado pasar sus comentarios. Siempre encontraba una forma de burlarse de mí y de casi todos los demás. Pero aquel día algo se rompió dentro de mí. Escuché lo que dijo y, mientras se reía señalándome con el dedo índice, sentí un calor que comenzó en el centro del pecho y se extendió por todo mi cuerpo. No sé si era valor, rabia o todo el dolor que llevaba años guardando. Solo recuerdo que me fui sobre él. Lo golpeé una y otra vez, con una fuerza que ni yo sabía que tenía.
El profesor estaba distraído. Cuando escuchó el alboroto corrió hacia nosotros —o eso fue lo que después me contaron— e intentó separarme de Ulises. No pudo hacerlo de inmediato. Aquella tarde no golpeé únicamente a Ulises. Golpeé años enteros de burlas, de humillaciones, de rechazo y de silencio.
Me llevaron a la oficina de la directora de la escuela. Me hicieron esperar solo en un cubículo de escasos dos metros de largo por dos de ancho. Estaba sentado en una silla de metal, en silencio. El calor que me había dado valor —o no sé si era la adrenalina— fue bajando poco a poco hasta que mi cuerpo dejó de temblar.
Tenía sangre en las piernas, pero no estaba herido. Miré mis manos. Los nudillos sangraban y también tenían sangre seca que, supongo, era de Ulises. Por un momento no me reconocí. Después de aquella sensación de poder que había experimentado unos minutos antes, ahí, sentado en ese pequeño cuarto, me sentí el hombre más desdichado del mundo. Me llevé las manos al rostro y lloré como nunca antes había llorado. Sentía que el pecho se me desgarraba. No me importó si alguien podía escucharme. Lloré tan amargamente que terminé vomitando. Estaba arrepentido y solo quería que todo aquello terminara.
No sé cuánto tiempo pasó. Tampoco me di cuenta de que me había quedado dormido con los brazos cruzados sobre la pequeña mesa que tenía enfrente. A lo lejos, todavía medio dormido, escuché la voz entrecortada de mi madre preguntando si yo estaba bien, si me había pasado algo. Desperté de inmediato y permanecí en silencio para escuchar mejor. La directora le decía que Ulises estaba en el hospital, que le había roto el tabique y que le había tirado tres dientes. Mi madre seguía insistiendo en saber si yo estaba bien, pero parecía que nadie la escuchaba, hasta que gritó:
—¡No me importa Ulises! ¡Quiero saber si mi hijo está bien!
Y volví a llorar. Mi madre me amaba... y yo le estaba haciendo sufrir.

Después de aquel grito hubo un largo silencio. La puerta del cubículo comenzó a abrirse lentamente. Me puse de pie. Entró mi madre. Nunca me había dado cuenta de lo pequeña que era a mi lado. Venía sola. Mis hermanos todavía estaban en la escuela. Me miró a los ojos y me abrazó. No pudo contener el llanto. Yo sí. Lloró desconsoladamente entre mis brazos y, por primera vez, la sentí frágil. Yo tenía dieciséis años, pero ese fue el primer día en que me sentí un hombre.
Cuando dejó de llorar dio un paso hacia atrás, se limpió las lágrimas con la manga del suéter, se acomodó el cabello en una coleta y, con una serenidad que todavía hoy admiro, me dijo que hablaríamos de lo ocurrido por la noche, cuando estuviéramos en casa. Ahora lo importante era saber qué pasaría con Ulises. Tendríamos que pagar los gastos médicos. Y también esperar para saber si sus padres levantarían cargos legales en mi contra.
Sentí que el corazón se me detenía. No había pensado en eso.
Mi madre salió del cubículo porque la directora le informó que el papá de Ulises estaba esperándola en la oficina y quería hablar con ella. La espera se me hizo eterna. Por primera vez tuve miedo de terminar en el tutelar de menores. Pensé en mi madre y en el dolor que le estaba causando. Pensé en mis hermanos. Pensé en que no teníamos dinero para pagar los gastos médicos y mucho menos para contratar a un abogado. Me recriminé una y otra vez. Me arrepentí profundamente de haber reaccionado como lo hice.
Y, mientras esperaba, llegué a una conclusión que me acompañó durante muchos años: que, frente a quienes te amedrentan, era mejor guardar silencio, soportarlo todo e ignorar las humillaciones. Pensé que defenderse no valía la pena. Que, al final, uno siempre terminaba perdiendo. Que ya no me importaba si alguien me llamaba cobarde, si se burlaban de mí. Ya no me importaba ser invisible. Al final, creí que eso era lo mejor que me pudiera pasar, ser invisible al mundo entero.
Minutos después, la puerta volvió a abrirse. Era mi madre. Tenía un semblante distinto. Se sentó frente a mí. Permanecimos unos segundos en silencio y, de pronto, dijo:
—El señor Rojas no levantará cargos.
Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Tragué saliva y mis ojos se llenaron de lágrimas. La mandíbula comenzó a dolerme; sabía que, si no me contenía, rompería en llanto. Así que apreté con fuerza los dientes. Mi madre continuó. Dijo que solo tendríamos que pagar los gastos médicos, pero no en su totalidad, sino únicamente el deducible del seguro de la familia. Gracias a Dios, ellos estaban asegurados.
Bajé la cabeza. Tenía vergüenza. No sabía si alegrarme o sentirme peor.
Miré mis manos sobre la mesa, todavía hinchadas y manchadas de sangre. Mi madre las tomó con ternura entre las suyas y, mirándome a los ojos, me dijo:
—Mauricio... esto no debe volver a pasar.
Asentí.
De verdad entendí que la violencia no solo había lastimado a Ulises, sino que también había herido a la única persona que siempre había estado a mi lado. Me prometí no volver a permitir que mis emociones se desbordaran. Me prometí que nunca más dejaría que las palabras de otras personas me hirieran o definieran quién era. Pero tú y yo sabemos que esa tampoco era la respuesta. Y que, aunque hice esa promesa con toda la sinceridad de un muchacho de dieciséis años, no fui capaz de cumplirla.
Pasaron un par de años después de aquel quiebre en mi vida. Poco a poco dejé de esperar algo de los demás. Aprendí a esconder lo que sentía y a levantar muros para que nadie volviera a lastimarme. Y, cuando pensé que ya nada ni nadie podía atravesarlos, llegaste tú. Entre tanta gente, fuiste la primera persona que de verdad me miró. Y ese día, por primera vez en mi vida, me sentí visto… Pero eso te lo cuento en casa. Ya está oscureciendo.
¿Cuántas veces puede un hombre mirar hacia otro lado antes de darse cuenta del dolor que tiene dentro…?
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