A pesar de nosotros es una novela por entregas.
Si esta es la primera vez que lees la historia, puedes comenzar con la Entrega 1.
¿Tienes prisa ahora? ¿Quieres que recordemos la historia de nuestra vida? Te pregunto porque el atardecer está hermoso, justo como te gusta: lleno de nubes “cúmulos”, de esas que tanto te gusta fotografiar. Podemos salir a caminar o a sentarnos en la banca del parque, la que guarda en secreto tantas conversaciones nuestras, tantas lágrimas que derramaste cuando veías crecer a nuestros hijos y pensabas que no habías sido una buena madre. Lo fuiste. Lo eres. Mira a tus hijos, mujer. Mira a tus hijas también. Aún acuden a ti cuando necesitan hablar sin ser juzgados, cuando la soledad les pesa y necesitan un lugar seguro. Créelo. Eres la madre que ellos necesitaban.
Me cuesta creerlo. No sé. Y mira, no quiero parecer malagradecida, porque sé que Dios también ha tenido el control de todo eso. No es que se haya equivocado al darme los hijos que tengo ni que ellos se hayan equivocado al nacer en nuestro hogar. Es más una cuestión mía. Siempre sentí que me quedaba corta. Pude haber sido más cariñosa. Pude haber escuchado mejor. Pude haber estado más presente. A veces pienso que soy mejor abuela de lo que fui madre. ¡Cuánto he disfrutado ser mamá! Aunque no siempre fue así…
No te platiqué, pero esta tarde vinieron Manuel y Lucía. No estuvieron mucho tiempo. Iban rumbo a casa de los padres de Manuel y pasaron unos minutos a saludarme. No los esperaba. De hecho me sorprendieron. Me encontraba en la cocina arreglando la especiera, pues hoy corté unas hojas de menta y albahaca del jardín. Revisaba qué otras especias me hacían falta, cuando escuché la voz de Lucía: ¡Má! ¿Dónde estás? Escuchar su voz en el silencio de la casa fue como abrir una ventana después de días de encierro. ¡Sentí mariposas en el estómago! Salí a encontrarme con ellos en la sala de estar. ¡Oh, cuánta alegría trajeron esta tarde! Manuel se disculpó conmigo por entrar sin avisar, pero le recordé que nuestros hijos, todos, tienen llaves de aquí para que vengan cuando deseen, aún si no estamos. Esta sigue siendo su casa también.
Platicamos unos minutos nada más. Le enseñé a Lucía el cuadro que estoy pintando para la habitación de Tomás. Manuel me dijo que mejor me apresurara porque la ginecóloga les dijo que están por entrar a la semana 36 y que, al ser el primer embarazo de Lucía, puede ser que se adelante el parto y no llegue a la semana 40. Ni hablar, tendré que tomar tiempo extra para pintar. Cosa que no me desagrada, en absoluto.
Estuvieron no más de 10 minutos, pero fueron suficientes para animar el corazón de esta anciana melancólica. No olvidé darles los higos en conserva que preparé el mes pasado para Lucía, sé cuánto disfruta ponerlos sobre su pan tostado con queso cottage. Creo –aunque no lo dijo–, que se desviaron del camino unos minutos no solo para saludarme, sino porque sospechaba que tendría los higos listos para cuando ella viniera.
Amo a mis hijos, en verdad los amo. Creo que uno nunca deja de verlos como muy suyos. Aunque se hayan ido de casa, aunque sean mayores y presenten canas. Aunque tengan sus propias historias y se hayan distanciado físicamente de nosotros. Nunca dejaré de verlos como mis pequeños. Siguen ocupando el mismo lugar en mi corazón, o quizá no. Quizá ese lugar ha crecido con el paso de los años.
Todavía puedo recordar sus risas cuando jugaban juntos. Recuerdo sus llantos llenos de miedo a mitad de la noche porque una pesadilla los había despertado. Recuerdo también sus abrazos sinceros mientras caminábamos juntos y sus manitas que buscaban las mías para caminar con seguridad. Hay recuerdos que nunca se desvanecen, al contrario, parecen afianzarse y grabarse profundo en nuestra memoria, pero también en nuestro corazón.
He pensado mucho en la muerte estos días, estas semanas. Bueno, en realidad es que lo pienso a menudo desde aquella temporada en la que supimos que había enfermado y no teníamos la seguridad de que seguiría viva. Pero en estas semanas, ese pensamiento ha estado más presente. No de manera pesimista, ni siquiera con tristeza. Más bien como una posibilidad real. Todos sabemos que vamos a morir; pero ignoramos cuándo y de qué manera será.
¿Cómo viste a Manuel? Hace unos días nos llamamos para saludarnos y me comentó que estaba un poco nervioso por la llegada del bebé. Lo entiendo. No siempre sabemos qué hacer con ese cúmulo de emociones que acompañan el embarazo de nuestras esposas. Es complicado para nosotros, pero es de las experiencias más hermosas que tenemos. No siempre lo decimos, y la verdad es que creo que no lo hacemos porque ni siquiera nosotros sabemos lo que estamos sintiendo.
Le comenté a Manuel que le dejara saber a Lucía lo que él está sintiendo. Es una etapa muy dulce en la que Dios puede unirlos mucho más. Amarse mucho más y entenderse de maneras que quizá fuera del embarazo no lo harían.
Me escuchó con mucha atención. Me sentí honrado de que quisiera compartir conmigo lo que estaba sintiendo. Según me dijo, ya había hablado con su papá, pero quería la opinión de alguien que ha vivido la paternidad dependiendo de Cristo. No voy a mentirte, mujer. Cuando me dijo eso contuve la respiración unos segundos, guardé silencio mientras sentía una punzada en el corazón. Lo abracé con fuerza y él me devolvió el abrazo. Le palmeé la espalda y le recordé que, desde el día en que se casó con Lucía, lo he considerado un hijo. No sabes cuánto agradecí escucharlo decir que él también se ha sentido así: como un hijo para nosotros.
¿Sabes lo que significa para mí que nuestro yerno quiera escuchar mis consejos? Hace años jamás habría imaginado algo así. No cabe duda de que las noches de oración han valido la pena. Los días en los que obedecer a Dios se sentía tan difícil. Valieron la pena las tardes que nos sentábamos con nuestros hijos a conversar con la Biblia abierta, bebiendo los licuados de plátano que les preparabas para acompañar los panqueques de mora azul que tanto les gustaban. Valieron la pena tus esfuerzos por mantenernos en comunión constante con Dios. Nosotros pudimos habernos desviado, pero gracias a Dios que siempre hubo uno de nosotros que impulsaba al otro, que lo animaba a continuar. Valió la pena, mujer. Esa práctica ha bendecido a nuestros yernos también.
Hoy, al mirar hacia atrás, no veo una familia perfecta. Veo algo mejor: veo la bondad de Dios. Veo cómo ha sido paciente con nosotros. Veo cómo nos ha permitido deleitarnos en la vida de nuestros hijos, de nuestros yernos, de nuestra querida nuera y ahora también de nuestros nietos. Hace muchos años pensé que estaba perdiendo todo. Ahora descubro que Dios estaba construyendo algo que yo no podía ver. Creo que puedo decir con seguridad una vez más que, fue bueno para mí haber sido afligido, porque en medio de la aflicción conocí la bondad de Dios.
¡Qué belleza eso que me cuentas! Gracias por mencionarlo y traer a memoria nuestras tardes de oración. No lo recordaba de manera tan nítida. Me he percatado de que hay cosas que no recuerdo, y la verdad es que me da miedo olvidar. Y, mira, creo que uno de los inventos más maravillosos del ser humano son los teléfonos inteligentes. Siempre he pensado que fotografiamos los momentos por miedo a olvidarlos. Y eso fue lo que hicimos por años, fotografiar los momentos con nuestros hijos. Sonrío solo de recordar las fotos que tomábamos cuando eran pequeñitos. Posaban felices frente a la cámara. Les encantaba verse en las fotografías. Pero, con el paso de los años, esa práctica fue cada vez menos divertida. Hasta que llegaron los años de adolescencia y evitaban a toda costa salir en las fotos de mamá.
Hace unos días, mientras revisaba los viejos álbumes de fotos que están guardados en el diván para mostrárselos a Lucas y Benjamín, le pregunté a Esteban por qué evitaba ser fotografiado en esa etapa de su vida. Me contó que había luchado mucho con su aspecto físico, que se sentía flaco y le traía inseguridad. Le mostré la foto que le tomé desapercibido la tarde que fuimos a celebrar mi cumpleaños y comimos fresas con crema mirando la lluvia ¿recuerdas? El día que nos mojamos bajo la lluvia solo por diversión. Tomó el álbum entre sus manos, como quien toma un tesoro. Sonrió mientras miraba con atención a aquel jovencito guapetón que tantas satisfacciones nos trajo. Se contuvo de llorar, lo sé, lo conozco bien. Suspiró y dijo con la voz entrecortada:
–y pensar que me sentía tan mal por mi físico… Era un galán, má –me dijo mirándome a los ojos–.
Y, lo era. ¡Era guapísimo! Bueno, es muy guapo. A pesar de estar por cumplir 50 años, sigue siendo muy guapo. Siempre me ha gustado la forma de su rostro. Aún hoy, cuando lo veo sonreír, puedo reconocer al muchachito que corría por la casa con los zapatos desamarrados y convertía los muebles en una carrera de obstáculos. Me encanta que sus hijitos se parezcan tanto a él. Quizá porque, cuando los miro, vuelvo a encontrar a mi niño. Vuelvo a recordar las tardes en las que jugábamos juntos, cuando llenaba la casa de risas, preguntas que desafiaban mi inteligencia y las tardes de lectura con sus compañeros de clase. ¡Cuánto disfruté ser su mamá!
Aunque, si voy a ser completamente honesta, no siempre me sentí así. La maternidad es hermosa, pero también puede ser agotadora y llena de retos. O al menos lo fue para mí. Hubo temporadas en las que me sentía insuficiente para todo: para ser esposa, para ser madre, para ser la mujer que creía que debía ser. Lloraba, me enojaba y me frustraba porque no alcanzaba el estándar que yo misma me había impuesto; el estándar de una mujer que, en realidad, nunca existió.
¿Recuerdas cuántas veces te dije que ojalá nunca me hubiera enamorado? ¿Cuántas veces te dije que ojalá nunca nos hubiéramos casado? Incluso hubo momentos en los que deseé no haber sido madre. Todavía me duele recordar aquellas palabras. Me duele recordar la tristeza que se filtraba por tus ojos y el silencio que venía después.
Claro que lo recuerdo. No sé qué me dolía más: verte sufrir y seguir adelante a pesar de todo, o sentir que yo era responsable de gran parte de lo que estabas viviendo.
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