A pesar de nosotros: fragmento de una novela en proceso
Dos ancianos recuerdan la historia de un matrimonio que debió romperse muchas veces, pero que fue sostenido por la gracia de Dios.
Hace algunas semanas empecé a trabajar en una novela.
Es una historia sobre un matrimonio que sobrevivió a cosas que debieron destruirlo. Comienza en el ocaso de sus vidas, cuando ambos miran hacia atrás e intentan comprender cómo llegaron hasta allí.
No es una historia sobre personas ejemplares. Es una historia sobre dos pecadores que descubren que la gracia de Dios fue más persistente que sus errores.
Les comparto un fragmento.
A pesar de nosotros
«Fuerte como la muerte es el amor»… Durante años me aferré a esa frase porque soñaba con ese amor invencible, un amor que es capaz de dar su vida por la persona que ama. Cuando la escuché por primera vez y la grabé en mi corazón, jamás imaginé que un día necesitaría aferrarme a ella para poder mirar, sin vergüenza, al hombre que más amé, pero también al que más lastimé.
Han pasado más de 30 años desde aquel otoño en que nuestro matrimonio comenzó a hundirse. Seguro lo recuerdas. No somos tan viejos como para olvidar todo aquello que cambió nuestras vidas. Durante mucho tiempo nos prometimos que no volveríamos a mirar atrás, que olvidaríamos todo. Planeamos salir de la ciudad, mudarnos a un lugar lejano, diferente, pequeño; con menos ruido. Como si eso callara también las voces que hablaban a nuestros corazones diciéndonos que lo nuestro no tenía futuro, que era mejor romper lo que con tanto amor y esfuerzo habíamos construido. Voces que nos hacían dudar si era correcto seguir, si valía la pena secar nuestras lágrimas, sostenernos uno al otro y avanzar. Sin prisa, pero sin pausa.
Queríamos olvidar…
¿Y sabes algo? Me alegro que no haya sucedido. Me alegro que las memorias no las enterramos en un cajón como quien quiere en lo más profundo de su ser no volver a ellas. Me alegro que la memoria no nos falle, que no nos ha abandonado. Porque si el tiempo hubiera borrado los días malos, los días grises, los días en los que despertarse y salir de la cama era doloroso para el alma, también se habrían borrado los momentos llenos de gracia y misericordia que venían después. Habríamos olvidado los tiempos en los que lo único que teníamos era nuestra fe muy a pesar de nosotros.
¡Qué bueno que no olvidamos! No quiero olvidar aquellas noches que en el silencio de la habitación solo escuchábamos nuestro llanto ahogado porque no nos podíamos hablar con serenidad. No quiero olvidar las oraciones torpes que elevábamos a Dios cuando ya no sabíamos qué más hacer, a dónde más ir. No quiero olvidar el amor de Dios manteniéndonos unidos aun cuando mi deseo era salir huyendo. No quiero olvidar. Todo ha sido por gracia.
Perdóname por traer a memoria todo esto otra vez. Es solo que esta mañana al prender la radio, estaba sonando la canción que cantábamos al reconciliarnos cada vez que teníamos problemas. Me detuve a escucharla. Me sostuve de pie delante de la radio, no quería perderme la letra, la melodía. Cerré los ojos para poder mirarnos en aquellos años. Nos vi sentados uno frente al otro, llenos de vida, de juventud. Tú sonreías mientras me mirabas fijamente y yo hablaba haciendo aspavientos.
Nunca te lo dije, pero, amaba la forma en la que seguías cada uno de mis movimientos mientras hablaba, como si nada ni nadie más existiera. En verdad que hacía lo posible por mantener tu atención, por asegurarme de que tus ojos no dejaban de mirarme ni buscarme. Amaba sentirme observada solo por ti. Amaba saber que, por un instante, yo era el centro de tu mundo. Mi mundo giraba en torno a ti, quizá ese fue mi error.
Hoy, a la distancia, vuelven a mí recuerdos tan nítidos que a veces me pregunto cómo seguimos aquí. Si no conociera la gracia de Dios, no sabría responder. Caminamos por colinas, valles y desiertos que parecían no tener fin. Hubo días en los que creí que lo habíamos perdido todo. Y, sin embargo, aquí estamos.
Tal vez por eso sigo pensando en aquellas palabras. Fuerte como la muerte es el amor. No porque el nuestro haya sido perfecto, sino porque se negó a morir cuando todo parecía anunciar su final.
Siempre me ha gustado la forma en como te expresas. Antes, mientras hablabas y exagerabas tus movimientos, esos que dices que hacías para mantenerme anclado a ti, pero ahora también tus palabras escritas. Cada palabra que leo de ti, en mi mente se dibuja tus ademanes, tus caras que acompañan las frases; esos gestos que son tan tuyos y que sé que los tengo tan presentes y tan grabados en mi memoria y en el corazón que me los llevaré a la tumba.
Treinta años… me sorprende cuánto tiempo ha pasado. No me lo tomes a mal, es solo que sabes que no soy bueno con las fechas y que cuando decido dejar todo en el pasado, de verdad se queda en ese lugar. Hacía mucho que no conversábamos sobre este tema y me resulta un poco extraño que quieras retomarlo, pero entiendo que quizá es la melancolía que te envuelve en estos momentos. Y te entiendo, créeme. Esta casa está demasiado silenciosa últimamente. Los nietos ya no corren por los pasillos, ya no se escucha el rechinar del columpio que les construí en el jardín. Ya no se escuchan las risas de nuestros hijos cuando encontraban las galletas que les horneabas y escondías para ellos. Demasiado silencio nos obliga a escuchar recuerdos que eran ahogados con las voces que nos rodeaban constantemente. No creas, también he estado triste y melancólico.
Hemos tenido una buena vida, mujer. ¿Qué sería de nosotros hoy si no hubiéramos tenido la historia que tuvimos? ¿Dónde estarían nuestros afectos y nuestros corazones si no hubieran sido probados por fuego? ¿Dónde estaría nuestra confianza si no hubiera sido puesta a prueba? ¿Dónde estaríamos si el perdón no hubiera llegado a nuestra mesa una y otra vez? Porque, aunque dices que me lastimaste, sería injusto decir que yo no tuve culpa alguna. No soy un santo, lo sabemos. Tanto daño nos hicimos uno al otro y, por ridículo y tonto que parezca a muchos, podemos dar fe de que el perdón es una decisión diaria, al igual que el amor.
No te dije, pero muchas veces quise olvidar esos primeros 12 años de matrimonio. Muchas veces me arrepentí de lo que te hice. Y muchas otras me arrepentí de seguir intentándolo. No quería hacerlo. Fingí muy bien, lo creíste, lo creyeron todos. Pero por dentro estaba muriendo. No de dolor, sino de rabia. Dices que tu error fue tenerme como el centro de tu mundo, y yo creo que mi error fue no tenerte a ti como mi centro. Me tenía a mí en el centro, quería toda la atención del mundo. El que me profesaras tanto amor y tanta devoción me enfermó. Pero no creas que eres la culpable, no te culpo, para nada. Es solo que yo estaba en el trono de mi corazón desde mucho tiempo antes, por eso es que tú no tenías cabida en mi corazón. Yo era el dueño de él y nadie más podía estar ahí.
¿Cómo llegamos hasta aquí? Porque si somos honestos, a lo largo de nuestro matrimonio hemos cometido tantos errores que, sin duda, hace mucho que estaríamos divorciados, odiándonos y sin querer saber uno del otro. Sabes que no exagero. Hubo temporadas en las que el orgullo se levantó entre nosotros como un muro imposible de escalar. El resentimiento cubría nuestros corazones de tal manera que ni siquiera las palabras más tiernas lograban atravesarlo.
Qué extraño suena decirlo ahora. ¿No crees? Porque, si recuerdas, todos aquellos que nos conocían de la puerta de nuestro hogar, para afuera; todos aquellos con los que convivíamos en la iglesia o en tu trabajo juraban que nuestro matrimonio era, sino perfecto, sí uno que todos querrían tener. Nuestros amigos y nuestras familias juraban que éramos felices. Y sí, lo éramos, al menos en parte. Reíamos mucho, nos reíamos de nosotros mismos y de los chistes bobos que habíamos leído en el periódico dominical. Cómo olvidar las noches que bailábamos en la cocina mientras esperábamos que estuviera la cena. Me encantaba verte desde la barra de la cocina mientras que tú buscabas con paciencia el disco de Neil Diamond que contenía nuestra canción favorita y bailábamos abrazados, rostro con rostro y corazón con corazón.
Cómo olvidar, amor mío, que constantemente cantábamos a gran voz mientras viajábamos en el viejo auto que teníamos, ese que en varias ocasiones nos dejó tirados al lado del camino porque olvidábamos que avanzaba con gasolina. Cómo olvidar que soñábamos con tener media docena de hijos, de tener un hogar lleno de vida, con luces color ámbar que alumbraban los miles de libros que queríamos coleccionar y que eran acompañados por muchas plantas. Soñábamos con acampar en alguna montaña lejana con nuestros hijos, llenar cajas con piedras, hojas y pequeños tesoros que encontráramos en el camino para tener bellas memorias que recordar en la cena de navidad. Anhelábamos una buena vida, una vida familiar, una vida llena de paz.
Y, ¿dónde estamos ahora? ¿Qué fue de todos esos sueños? Porque, mientras menciono esto, miro de soslayo mi hogar, la habitación en la que me encuentro y hay muchas de las cosas que tanto soñé antes de casarnos y en los primeros años de nuestro matrimonio. Por supuesto que también hay muchas que nunca tuve y que, quizá no tendré jamás. No soy pesimista, es solo que, mira mis manos… no pueden ocultar el paso de los años. No pienso mucho en eso, sin embargo, cada vez que escribo, cada que pinto los cuadros con los que he decorado nuestro hogar, me es imposible no mirar cuánto han cambiado, cómo la fuerza ha disminuido y, cómo mis articulaciones cada vez son más rígidas.
Han servido para escribir y para pintar. Han cocinado para quienes amo. Han limpiado lágrimas. Han acariciado rodillas ensangrentadas después de una caída. Y también las he levantado delante de Dios más veces de las que puedo contar. Estas manos han cambiado. Y nosotros también. Hemos envejecido, no cabe duda. No somos los mismos que hace tantos años, aunque todavía reconocemos mucho de quienes fuimos. Hay cosas de nuestro carácter que el Señor ha transformado con paciencia, gracia y misericordia, pero también hay otras en las que sigue trabajando. Nos sigue puliendo con amor. A veces quisiera decir que ya no hay orgullo en mí. Me encantaría afirmar que el egoísmo ya no está presente en mi corazón y me encantaría poder gritar que ya no me comparo con nadie más, pero estaría mintiendo. Estaría negando que aún necesito de Cristo y, estaría diciendo también que todo lo que hemos vivido fue lo que me transformó y no es así.
Hemos cambiado, sí. Mucho más de lo que podíamos imaginar cuando éramos jóvenes. Es más, creo que nunca pensamos que en el ocaso de nuestras vidas se verían como se ven ahora. Hemos cambiado, mientras escribo estas palabras sé que Dios no ha terminado su obra en nosotros. Después de décadas de conocerlo a Él seguimos aprendiendo a amar, a perdonar y a depender de Él. No sé cuántos años más tendremos, pero sí sé que el Señor aun sigue trabajando en nosotros. Quizá por eso me conmueve tanto mirar mis manos. Porque son la prueba de que el tiempo ha pasado, pero también de que la gracia de Dios ha permanecido, como lo hemos dicho tantas veces: Un día a la vez, sin prisa, pero sin pausa…
Continuará…
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Me has enganchado! Seguiré esta historia 😊🩷