A pesar de nosotros es una novela por entregas.
No olvides leer la Entrega 03
¿Todo eso pasó ese día? No tenía idea… Tantos años lo guardaste en tu corazón, sufriste en silencio y yo ni siquiera lo recordaba. Perdóname, mujer. Debí haber sido más observador, debí haber pensado en ti y no en mi propia felicidad. Ahora que te escucho, comienzo a recordar ese día. ¿Sabes? Para mí fue uno de los días más felices de los primeros años de nuestro matrimonio. Yo estaba feliz. De verdad lo estaba. Y pensar que, mientras yo sonreía, tú te estabas rompiendo por dentro… Siento tanto no haberte visto. No ver tu tristeza. No detenerme a preguntarte qué te estaba pasando. No haber aprendido a escuchar tus silencios. Creí que todo estaba bien. Y no lo estaba.
¿Sabes qué es lo que más me duele al escucharte? Que nunca quise hacerte daño. Después de tres años de noviazgo, estaba convencido de que te conocía. Creía saber qué te hacía sonreír, qué te preocupaba y hasta cuándo necesitabas que te dejara en silencio. Pensé que eso bastaba.
Pero me equivoqué.
Dejé de seguir conociéndote. Ya no éramos aquellos muchachos que se veían unas horas al día. Ahora compartíamos la vida entera. Tú ibas cambiando. Primero al convertirte en mi esposa y después al ser mamá de Esteban. Yo, en cambio, seguía creyendo que conocía a la mujer de la que me había enamorado en la universidad. Y dejé de mirarte con atención.
Nunca quise hacerte daño. Me duele descubrir que, mientras yo creía estar construyendo una vida contigo, hubo momentos en los que te sentiste sola... y yo ni siquiera fui capaz de darme cuenta. Y, ¿sabes qué es lo más irónico? Mientras tú te sentías así, yo vivía convencido de que aquellos habían sido algunos de los años más felices de nuestra vida. Recuerdo muy bien cómo me sentía. Tú sabes que nunca he sido muy bueno para hablar de lo que llevo en el corazón. Pero, ya que hoy estamos desempolvando recuerdos, quiero contarte cómo viví yo aquellos años.
Recuerdo que, desde que nació Esteban, las horas en la oficina parecían hacerse más largas. Miraba el reloj una y otra vez, convencido de que ya era hora de salir, solo para descubrir que apenas habían pasado unos minutos. También buscaba cualquier pretexto para llamarte. Todavía puedo verme marcando, uno por uno, los números del viejo teléfono beige de disco que tenía sobre el escritorio. Me sabía de memoria el número de la casa. No necesitaba pensarlo.
Siempre contestabas igual.
—Hola, amor.
Bastaban esas dos palabras para cambiarme el día. Te preguntaba cómo había amanecido Esteban, si había dormido bien durante la noche, si tú habías alcanzado a desayunar. Eran llamadas de apenas un par de minutos, porque el trabajo no me permitía más. Pero colgaba sonriendo. Saber que ustedes dos estaban esperándome en casa hacía que el resto de la jornada se sintiera mucho más ligera. Mientras algunos compañeros aceptaban quedarse un rato más en la oficina o salían a tomar una cerveza después del trabajo, yo solo pensaba en volver a casa. No importaba mucho el tráfico, estaba acostumbrado a hacer 37 minutos desde el momento que arrancaba el auto en el estacionamiento del corporativo, hasta el instante en que abría la cochera de la casa.
Recuerdo cómo mi cuerpo empezaba a relajarse en cuanto doblaba la esquina de nuestra calle. La casa era la número 68 de un conjunto de cien viviendas. Estaba casi al final, y todavía hoy puedo recorrer de memoria una por una las casas de nuestros vecinos hasta llegar a la nuestra. Nunca te lo dije, pero siempre me pareció la más acogedora de todas. No era la más grande ni la más bonita, pero sí la que más se sentía como un hogar.
Ahora que lo pienso, fue una gran idea plantar aquella jacaranda junto a la entrada. La vimos crecer igual que vimos crecer a nuestros hijos. Y también fue una gran idea aquella reja de madera que casi me obligaste a construir. Cuántas veces me quejé mientras la hacía... y cuánto terminé agradeciéndotela. Años después, esa misma reja se convirtió en una portería donde muchas tardes disfruté jugar fútbol con los niños. Todavía puedo ver a Lucas dibujando con sus crayones los postes de la portería sobre la reja de madera, y a Lucía pidiéndome, casi exigiéndome, que sembrara flores de colores porque decía que «las porterías también podían ser bonitas». Sin darnos cuenta, entre todos fuimos haciendo de aquella casa un hogar.
Las tardes, sin duda, eran mi momento favorito del día. Bajaba del auto y casi siempre alcanzaba a escuchar las risas y los gritos de Esteban desde el interior de la casa. Nunca supe si reconocía el sonido del motor, si ya sabía a qué hora llegaba o si tú le avisabas que papá había vuelto. Lo único que sé es que me gustaba esconderme unos segundos detrás de la puerta mientras él me buscaba desesperado por la ventana. Entonces tú abrías y él salía corriendo hacia mí. Todavía puedo sentir la fuerza con la que se aferraba a mi cuello cuando lo levantaba en brazos. No hubo una sola tarde en la que ese abrazo dejara de emocionarme.
Y detrás de él, aparecías tú. Casi siempre sonriendo. Hermosa, con aquella peineta de flores que sostenía torpemente tu cabello. Me dabas un beso de bienvenida mientras seguía cargando a Esteban y créeme, eso era justamente lo que necesitaba para saber que todo estaba bien. El cansancio desaparecía, las preocupaciones las olvidaba; solo éramos nosotros tres y eso me bastaba.
Éramos muy jóvenes. Apenas comenzábamos a construir una vida juntos. Teníamos muy poco; de verdad, muy poco. Hubo muchas carencias que me habría gustado evitarte. Me pesaba no poder darte más. Sin embargo, jamás sentí que en nuestra casa faltara lo indispensable. Ahora que lo pienso, nunca entendí cómo le hacías. Con el mismo dinero que yo te entregaba cada quincena alcanzaba para la despensa, para los pañales, para pagar los servicios y, de alguna manera, todavía aparecía de vez en cuando un postre sobre la mesa o una camisa nueva para alguno de los niños o un regalito para mí. Yo nunca preguntaba cómo lo conseguías. Simplemente daba por hecho que las cosas funcionaban.
Creo que desde aquellos años aprendí a confiarte las finanzas del hogar. Y no me equivoqué. Si hubieran estado en mis manos, estoy seguro de que más de una vez habríamos terminado en bancarrota. Tú, en cambio, siempre encontrabas la manera de sacar el barco adelante. ¿Cómo le hacías, Susana?
Ahora que te lo pregunto, me doy cuenta de que yo también guardé muchas cosas para mí. Nunca te dije, pero en muchas ocasiones los compañeros de la oficina salían juntos a comer a un restaurante cercano al corporativo. M einvitaban, pero dejaron de hacerlo porque siempre me negué diciéndoles que ya traía comida de casa. Algunas veces era cierto, otras no. Prefería guardar ese dinero. Durante semanas estuve ahorrando algunos pesos para comprarle a Esteban su primera bicicleta. De verdad que me emocionaba mucho la idea de enseñarle a andar en ella. Ya me veía yo corriendo detrás de él mientras se balanceaba de un lado a otro tratando de conservar el equilibrio y yo gritándole que no mirara abajo.
Pero esa bicicleta nunca llegó.
¿Te acuerdas cuando Esteban se cortó los dedos del pie corriendo descalzo por el jardín? Había un pedazo de vidrio escondido entre la maleza. Aquella tarde tomé el dinero que llevaba meses guardando. Ocho puntadas, mucho llanto... y la bicicleta tuvo que esperar.
Y, aunque nunca te lo dije, durante mucho tiempo me sentí culpable. No por el dinero ni por la bicicleta, sino porque yo había sido quien lo animó a salir descalzo para sentir el pasto húmedo bajo los pies. Mientras manejaba rumbo al hospital, no podía dejar de pensar que, si hubiera limpiado mejor el jardín, si hubiera revisado con más cuidado aquel terreno, nada de eso habría sucedido.
Él lloraba de dolor.
Y yo me aferraba al volante para no llorar con él.
Tú te quedaste en casa con los niños. Recuerdo tu preocupación y tus ganas de acompañarnos, pero confiaste en que yo podía hacerme cargo. No sé si alguna vez te lo dije, pero agradecí que lo hicieras. En ese momento necesitaba aparentar que tenía el control, aunque por dentro me sintiera en verdad asustado.
Esa noche, cuando por fin todos se quedaron dormidos, salí al jardín con una lámpara. Recorrí el terreno entero buscando más vidrios entre la maleza. No encontré ninguno, pero aun así seguí buscando. Revisé una y otra vez cada rincón, como si de alguna manera pudiera deshacer lo que había ocurrido. Entré a la casa ya de madrugada. Antes de acostarme fui a ver a Esteban. Dormía profundamente, con el pie vendado sobresaliendo de las cobijas. Me quedé un largo rato mirándolo. Hoy pienso que aquella noche comenzó a cambiar mi manera de entender lo que significaba cuidar de una familia. Hasta entonces creía que mi responsabilidad terminaba al llevar el sustento a casa. Me tomó muchos años descubrir que también debía aprender a proteger el corazón de los que amaba. Y, desde entonces, esa es la tarea más importante de mi vida.
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