Alguna vez dije que mi color favorito es el «Gris Tormenta». Seguro sabes a qué me refiero: ese gris más profundo que el habitual, que no llega a ser negro pero tampoco ese gris apagado, casi sin vida; un gris que solo se puede apreciar cuando la tormenta está a punto de arreciar.
Bueno, justo así estaba mi cielo en el mes de febrero. Por gracia de Dios, el primer mes del año 2025 transcurrió con dulzura; mi estado de ánimo estaba tranquilo. De hecho, recuerdo publicar fotos cada mañana con un café en la mano y cantando los buenos días, porque en realidad me sentía muy feliz. Era como si todo el ruido del fin de año se hubiera apagado de repente, regalándome un tiempo de bonanza en la quietud de mi hogar.
Tuve momentos maravillosos con el Señor, sin duda necesitaba ese tiempo a solas. Las mañanas, después de que todos salían de casa rumbo al trabajo y al colegio, el sonido del silencio acompañaba a mi respiración mientras oraba y meditaba en la Palabra del Señor. ¡Qué belleza de tiempo pasé en intimidad con Dios!
¿Pueden ver cómo Él orquesta todo de manera perfecta, para nuestro bien? Yo no lo sabía, pero el Dios que gobierna y reina sobre todo sí lo sabía. Me estaba atrayendo a Él, porque necesitaba llenarme de Su Palabra, atesorar sus enseñanzas y afirmarme en la Roca antes de que la tormenta llegara.
Susurros en el silencio
Durante enero y febrero me dediqué a estudiar la Palabra con mayor profundidad, pues, a diferencia de años anteriores, recibí varias invitaciones para impartir conferencias en distintos lugares de México y también en República Dominicana. Fue un inicio de año atípico, sin duda. Estaba feliz y agradecida de poder servir a Dios, compartiendo su Palabra con más mujeres. Conocer a la familia de la fe en otras latitudes siempre ha sido un gran ánimo y bendición.
No obstante, algo me inquietaba. No me sentía mal, pero ese nudo en el estómago, como un presentimiento de que algo malo estaba por venir, se volvía cada vez más agudo en mi corazón. Una noche, conversando con Charlie, su papá, le dije que haría cambios en mi alimentación y que comenzaría a hacer ejercicio. Solo que lo haría después de los viajes, pues quería probar la comida típica de cada lugar.
Estaba emocionada de viajar y conocer otro país. Estaba feliz de ver a hermanas que solo conocía por medio de las Redes Sociales. Me ilusionaba de volar otra vez, aunque en esa ocasión, experimenté temor. Me gusta viajar, me gusta volar; pero esos días, distinto a otras ocasiones, la sola idea de volar me generaba angustia. Saben que mis pensamientos tienden a ser catastróficos, así que pensé mil y una formas en las que seguramente se accidentaría el avión.
Esos temores fueron buenos, al final de todo, porque no me paralizaban, sino que me llevaban a orar a Dios pidiéndole me fortaleciera, me diera paz y confianza en Él. Pensé muchas veces que, si Dios era quien me había llamado a salir a esos lugares, Él cuidaría de mí en todo momento. Tal como lo ha hecho siempre.
El tiempo de salir de viaje llegó. Primera semana de marzo esperaba en la sala K del aeropuerto de la CDMX lista para salir rumbo a Santo Domingo, República Dominicana. Estuve horas a solas, disfrutando de la soledad, con un buen libro y un buen café a que diera la media noche, que era la hora del vuelo.

Gracia en medio de la noche
Cada vez que hago memoria de esa fecha me veo recostada en los asientos del avión que me llevaba rumbo a mi destino. Quizá lo tengo tan presente en mi memoria porque al estar a miles de pies de altura, volando a solas durante horas en las que no tuve comunicación con nadie, experimenté mucha soledad. Fue una noche fría y sumamente oscura sobre el Mar Caribe. Extrañaba a su papá, los extrañaba a ustedes como nunca antes. Y, aunque sabía que todo estaba bien, no dejaba de sentir un hueco entre el tórax y el diafragma.
Gracias a Dios, la azafata me permitió cambiarme de lugar a una fila que estaba vacía y pude acostarme en los asientos para dormir. Recostada, con una cobija sobre mí, di gracias a Dios por la oportunidad de salir y hablar de Él, di gracias por el lugar que me proporcionaron para poder dormir, pero también di gracias porque, a pesar del miedo y la tristeza de estar lejos de ustedes, pude ver su gracia en el cuidado que tiene para ustedes y para conmigo. Dormí todo el vuelo.
Al día siguiente me recibieron con mucho amor en el aeropuerto; estar con hermanas que me mostraron el amor de Cristo, ayudó a que el miedo desapareciera y la tristeza se silenciara. Todo es gracia, convivir con hermanas por primera vez, pero que pareciera que nos conocemos de toda la vida, sin duda demuestra la obra que Dios ha hecho en nuestros corazones y el amor que ha puesto por su iglesia.
La noche anterior al día que volaría de regreso a México, estaba en el hotel leyendo mi Biblia y recuerdo haber sentido mi seno izquierdo “raro”. Me revisé y pude sentir una masa dura en él. Fue extraño, porque, había escuchado que debíamos buscar alguna bolita o pelotita dentro del seno. Sin embargo, todas las veces que me revisé, nunca se sintió nada.
Y, fue así, sin más, que emprendí los viajes que tenía ya confirmados, una semana tras otra. Pero estando en los hoteles, lejos de casa y mientras hablaba por videollamada con mi esposo, le conté varias veces que sentía el seno izquierdo muy duro y como si una punta estuviera siendo empujada desde dentro, además de que en ocasiones me dolía al acostarme de ese lado. Concluimos que quizá se trataba del síndrome pre menstrual que por años ha sido un tema doloroso para mí, así que no le dimos más importancia porque estaba lejos de casa.
Las nubes anuncian tormenta
No lo sabía todavía, pero las nubes Gris Tormenta que estaban sobre mí, anunciaban que la tormenta estaba llegando. Lo que había descubierto esa noche en el hotel, no era un malestar pasajero, no era algo que pudiera ignorar. Era un llamado a estar alerta, a ser diligente, a actuar lo más pronto posible. Muy pronto, viviría en carne propia lo que dice Romanos 8:35,37-39
«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro».
Muy pronto entendería que Dios me ama; no solo a mí, sino que nos ama con amor eterno y que, en medio de todo lo que acontece en nuestras vidas Él está presente. Dios nos llena de amor, nos consuela, nos acompaña, nos recuerda que en Él vivimos, nos movemos y existimos[1].
La tormenta comenzó y no pude evitarlo…
[1] Hechos 17:29
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